lunes, 6 de octubre de 2014

El salvador de luciérnagas...




 Extasiada y cavilante se movía entre aquellos puntos luminosos que aparecían cada noche en su jardín.

-Mira, aquí hay una...y allí otra, y...mira...otra más.

Alborozada, me gritaba mientras asistía al insólito espéctaculo de las noches veraniegas. Cuando el sol se marchaba con su luz a no se sabe donde, se iniciaba aquel encendido indolente  de lucecitas animadas. El perro, tendido junto a  mi hamaca,  miraba su lomo peludo.  Despues, sus ojos me preguntaban por qué en la oscuridad de su pelo, tan negro como el interior de aquellos setos, no aparecían las misteriosas bombillas.

- Eres capaz - continuó ella con su entusiasmo - de estar recolectando luciérnagas para ponerlas aquí y salvarlas, a buen recaudo de los gorriones, y donde yo las pueda ver. Es curioso, siempre aparecen en la misma zona.

Callé y sonreí. Nunca sabría la verdad de aquella sórdida historia. Porque yo no era un salvador de luciérnagas, era un pastor de babosas.

Ella, mientras se dejaba deslumbrar por aquel punto de luz,  no veía que el resto del  cuerpo de la luciérnaga es oscuro, tanto como su vida. Y un dia, por casualidad, descubrí el secreto oculto de su luz. Para garantizar la supervivencia de sus crías se alimentan de babosas. 

Desde entonces, le aseguro a ella su espectáculo estival.  Pastoreo babosas hacia aquel rincón trágico y oscuro en el que encontrarán la muerte. 

Pero ella solo verá los puntos de luz...

lunes, 29 de abril de 2013

Nocturno...


Miras con fascinación y gula esa galleta que de modo antinatural va rellenando el bocado que el tiempo le da.

Sonríes al pensar que alguien la compara con una mecedora que, metamorfosis en ristre, llega a convertirse en una mofletuda y curiosa acompañante nocturna.
 
Y te alegras que, por fín, esa galleta, esa mecedora o la mofletuda curiosa, ahora reconvertida en oronda y aérea luciérnaga, ilumine tu camino nocturno.

Caminas en apariencia solo, pero sientes presencias, siempre las has sentido, tampoco es algo nuevo. Y te llegan los susurros de inquietud, de miedos, de esperanzas, de deseos, y también de frustraciones…
 
El tronco retorcido de un árbol que hay en un recodo del sendero juega con la luz de la luciérnaga y bosqueja un rostro extraño, arrugado, de mirada divergente y atribulada. Crees reconocerlo, o tal vez no, y piensas en el efecto de una amalgama de miles de rostros conocidos.

Cuando te acercas los rasgos desaparecen para volver a ser corteza arrugada de un árbol casi centenario, pero el susurro continúa…

Ves un olivo, mientras sus hojas alargadas te siguen susurrando…
Soy un roble aunque veas un olivo, llega a decirte. Quise ser lo que los demás deseaban y al final he defraudado a todos, comenzando por mí.

Ante tu risa, el árbol eriza sus ramas y temes que alguna de ellas te golpee.
Eres otro borgiano, le dices, sin que el roble-olivo entienda muy bien qué significa eso pero, al ver que no tienes una actitud ofensiva, serena la hosquedad de su ramaje.

Lo que parecía que iba a ser una solitaria caminata nocturna se ha convertido en una animada tertulia donde, árbol, luciérnaga, susurros y tú, entabláis una animada conversación mientras las alargadas hojas de lo que parecía ser un olivo se redondean y le aparecen unos pequeños lóbulos.
Os contais vuestras frustraciones por querer satisfacer aspiraciones de otros y eso añade camaradería al momento.
El susurro quiso ser canto porque su madre, la voz, no toleraría lo que pensaba era una muestra de debilidad.
El roble quiso ser olivo, porque su padre, el monte, no quería a nadie que pareciera improductivo.
La luciérnaga quiso ser cometa, porque su madre, una estrella, deseaba mostrar el camino al desorientado.
Y tú, te preguntabas que quisiste ser tú, y quisiste ser todo...
 
Agua, Tierra, Aire y Fuego. Pero nunca acertaste el momento.

Fuiste Agua cuando querían Tierra y formaste barro...

Fuiste Aire cuando querían que fueras Agua y avivaste el Fuego…

lunes, 25 de marzo de 2013

Fuego o madera...


Hay que saber ver y oir el fuego de una chimenea. No es complicado. Un poco de interés hasta cogerle su peculiar acento, pero sobre todo, que no se sienta cohibido por otros resplandores.

Es fiero, hay que guardarle las distancias, pero también es muy susceptible…pero él y yo lo sabemos, nadie es perfecto y él no iba a ser la excepción. 

Le molesta, lo sé, que no le preste toda la atención que quisiera, pero hasta ahora nos entendemos bien y no hemos tenido incidencias reseñables. 





Esta noche le he dado todo el protagonismo que a él le gusta. Apago todo aquello que pueda dar alguna luz y entonces, sabiéndose el centro de atención, comienza su espectáculo.

El hogar de la chimenea se convierte en un escenario que el colma de luces y sombras que trascienden a un singular patio de butacas donde espero su historia.

Es un mago capaz de sacar del objeto más nimio, la sombra chinesca más aterradora, la más tierna, la más intrigante o la más romántica. Si es necesario para dar más énfasis a su narración la adorna con fuegos artificiales y cientos de chispas multicolores crepitan en el aire.


La escena se desarrolla con un tempo como solo él sabe darle. Las llamas surgen a veces con violencia, casi con ganas de poner roja a esa Luna curiosa que se asoma por  lo alto de la chimenea. Otras veces, tímidas, se retraen entre la madera hasta que cogen confianza y,entonces, se muestran orgullosas de su perfil y flamear oscilantes.

Pero a pesar de la ferocidad y el ensañamiento que le he visto a veces, este fuego tiene hoy una esencia sentimental. Esa forma de enamorar, con suavidad, con ternura, raramente la he visto. 


Con cierta timidez se acerca a la madera, la roza suavemente, espera su reacción, y a que se deje acariciar envolviéndol con parsimonia en un abrazo irresistible.

Consigue desarmarla y penetrar entre las rendijas que ella va abriendo. Es consciente de que la ha conquistado y quiere conducir con vehemencia hacia su interior ese fervor abrasador. Las llamas rodean la madera, se funde con ella, y no se sabe muy bien quien es el fuego y quien  la madera.


Todo es rojo intenso y la madera pierde su color, y el fuego su llama. Todo es incandescente. Aquello no es madera, pero tampoco son llamas.  Las brasas rojas reposan en una simbiosis extraña. 


El fuego no sería nada sin la madera, la madera nunca conocería el extasis sin el fuego…se necesitan.


El fragor, las llamaradas, la jarana bulliciosa y las sombras chinescas han cesado para no robar intimidad a  los amantes.


Solo queda el delirio silencioso de las  ardientes ascuas. 


Y yo  me quedo contemplando ese inusual escenario y me pregunto si seré fuego o  madera…

miércoles, 27 de febrero de 2013

Obediencia debida...


-Dispara, cabrón , dispara...

Maldices a quien se le ocurrío poner el cuartel en aquella hendidura de la tierra, una caldera donde tú ocupabas el fondo. Un sumidero donde toda la mierda te cae encima, pero te maldices a tí tambien por ser a veces tan atolondrado tomando decisiones.

 Podrías estar en otro lugar más tranquilo y menos ajetreado, pero ya no tiene remedio y te dices que hay que aguantar.

-Disparad, cabrones, disparad...

Las voces siguen increpando a tus compañeros, y tambien a tí. Os mirais sin saber qué debeis hacer. Mientras, aquel barrigudo borracho y de grandes bolsas en los ojos, ese sapo erecto,  dispara sin cesar contra unas figuras que se mueven en la ladera que teneis enfrente.

Piensas lo estúpido que parece blandiendo su pistola que descarga una y otra vez. Sabeis que a esa distancia las balas quedarán a medio camino, y te ves tan imbécil con el fusíl en las manos, y tan imbécil de poder sucumbir a sus órdenes.

Tus neuronas o lo que sea que gobierna tus actos cruzan información entre ellas a un ritmo que apenas  dejan enterarte qué es lo que quieren que hagas.
Te dicen que a esa distancia tienes un blanco fácil, pero te preguntan  por qué vas a disparar. Le respondes que te lo están mandando, y ellas replican que por qué tienes que obedecer. Y callas...y sigues oyendo disparos del barrigudo borracho.

Un tortazo y un puñetazo te sacan de tu silencioso y trepidante diálogo interior. Y tomas una decisión, tomais esa decisión. Disparais... 

Las balas chocan contra las piedras y taladran la tierra a varios metros de aquellos infelices e ingenuos asaltantes.
 Por algún ignorado motivo, tus compañeros han pensado lo mismo que tú. Las balas provocan una aureola de polvo que rodea la huida de aquellos que, cuando se ven seguros, alardean con grandes gritos de su insensata y peligrosa  hazaña. 

Pero sabes que vuestra actitud no quedará impune. La bronca y los empujones posteriores del barrigón no serán nada. Os esperan unas horas extras de pista americana a la luz de una luna sonriente, con la mochila llena de piedras...y el estómago vacío.

lunes, 4 de febrero de 2013

Piruetas de colores...


Le había costado pero, al final, lo consiguió. Es un poco complicado meterse en una burbuja, inténtalo si quieres, pero si además, deseas remontar el vuelo con tu peso, entonces  requiere sumarle una habilidad especial. Pero él sabía cómo hacerlo.

Durante días había preparado con inusitado mimo y detalle unas notas sobre aquella tímida constelación.  Desde hacía meses le tenía obsesionado y la observaba con cierto aire de resignación allá en lo alto,  situada en una esquina del segundo cuadrante. Y esperó, y esperó hasta el momento en que se suponía iba a poder verla en las mejores condiciones. La impaciencia le corroía mientras ascendía lentamente en aquella frágil pompa, pero aquella mancha blanca y redonda que le embelesaba durante tantas noches, en esta ocasión se resistía a desaparecer bajo la oscura línea del horizonte. Y es que esa noche le estorbaba para observar “su” constelación.

Por fin la noche ganó la partida. Terminaba, ensimismado, de echar el último vistazo al orden en que tenía que hacer todas las tareas cuando un silbido fue ganando intensidad. Extrañado por aquel raro sonido miró por si la Luna había vuelto sobre sus pasos. Pero no, no era la Luna.  Con un estruendo explosivo, la burbuja estalló y algo se metió por su manga pero en lugar de caer, le arrastraba, y subía, y subía...

La explosión multicolor le obligó a cerrar los ojos por unos instantes. Sus bigotes se volvieron azules, las manos rojas, el tejuelo azul se tornó durante un momento de un color anaranjado y sus papeles quedaron flotando en el aire.

Intentaba poner en orden sus ideas, su cerebro acostumbrado a analizarlo todo, tomaba un ritmo febril buscando una causa cuando el ascenso se convirtió en una caída sin freno. El descenso fue abortado bruscamente por no sabía qué fuerza que lo empujaba de nuevo hacía arriba, luego para abajo y, sin respeto por las leyes de la gravedad, lo llevaba ahora en una trayectoria horizontal.

En ese extraño zarandeo comenzó a tomar las riendas de su pensamiento, o tal vez esas extrañas y ocultas normas de supervivencia acudieron en su ayuda, y consiguió ver la causa de tan extraña situación. Aquel extraño objeto, enganchado a un eslabón de su tejuelo azul, era el causante. Desprendía un sibilante sonido y, en su interior, un corazón rojizo lo impulsaba ayudado de una flaca varilla que le hacía de timón.

Lo atrapó, se agarró con fuerza a él  y se repitió la historia. Ahora sus bigotes era rosados, mientras que el tejuelo formaba tonalidades metálicas y sus manos desprendían un raro color verde que las hacía parecer de pistacho. Y caía, otra vez caía. Pero algo había cambiado y una sonrisa socarrona que tanto despistaba a los suyos apareció en su rostro. Estaba comprendiendo de qué iba aquello.

Mientras descendía vio subir otro flacucho silbador y consiguió agarrarse a él. Cuando estalló formó un espectacular paraguas mientras oía a lo lejos un rumor creciente y continuado como una ola de oes. Se sintió protagonista y olvidó la tímida constelación del segundo cuadrante. Saltaba de un flacucho a otro, distinguiendo los efectos de cada uno. Este subía en espiral, aquél, al estallar, era un gran aro en el que se podía sentar, este otro formaba una gran bola de miles de colores. Su favorito era el azul cobalto y aprendió a diferenciarlo y a tomarlo en su trayectoria.

No se había divertido tanto desde aquella tarde en la que, junto a una becaria de insinuante tejuelo rojo, fabricó un tobogán con los volúmenes del Espasa. Sin saber muy bien cómo, acabaron entre las páginas del volumen TOUN -TRAZ, del que aún guarda un emotivo recuerdo.

Estaba en ese trajín de recuerdos y saltos entre flacuchos y sus colores explosionados, cuando un brusca sacudida atrapó su atención y cortó su particular baile pirotécnico .

-¿Esta era la tímida constelación del segundo cuadrante que requería tanta atención? Mañana pasa por mi despacho.

Quién así hablaba era una Brimba de tejuelo lila. Adornaba su indumentaria con unos extraños y punzantes aderezos. La vio alejarse  a lomos de un extraño artefacto  que manejaba con destreza, lo que añadió intriga a la situación, mientras su corazón quedaba encogido.

Pero lo que no vió el Brimba de tejuelo azul era la sonrisa que ella esbozó mientras en su bolsillo apretaba un tejuelo rojo con el que solía disfrazarse a veces para pasar desapercibida.

Pero lo que pasó al dia siguiente, en el despacho de aquella Brimba de tejuelo lila y que a veces se disfrazaba de becaria de tejuelo rojo...eso...eso será otra historia…

jueves, 17 de enero de 2013

Aquella casa...

Cuarenta años y tres muertos después, entré  en aquella casa.

 Paso todos los dias delante de ella y suelo irme a la acera de enfrente. Me defiendo de ella así, viéndola a cierta distancia, poniendo algunos metros por medio, aunque no demasiados. La calle es estrecha.

Sé que me mira, me mira desde hace décadas cuando paso a su lado, esas dos ventanas redondas de la segunda planta me miran.

Tambien me olfatea. Su esquina algo roma por el paso del tiempo nota mi presencia y me lo demuestra moviendo algo en su interior haciendo un sonido brusco y bronco. 

Cuando alguien, hace ya muchos años, tuvo la  idea de cambiar aquella frágil bombilla que apenas iluminaba, la luz que recibía la fachada no alteró su aspecto siniestro. Aún recuerdo como el leve oscilar de la lampara hacía que las sombras en los dinteles de las ventanas semejaran unos enormes parpados que parecían espiar a quien  pasaba.

Aquel dia, era de dia, la pequeña puerta de dos hojas estaba abierta. Un montón de arena y unos sacos de yeso advertían alguna reparación en su interior y, aprovechando la ocasión, me atreví a entrar. 

 El pequeño portal olía a humedad, unas baldosas sueltas que se movían al pisarlas, formaban un camino de triangulos negros y amarillos hacia la cocina que servía tambien de comedor. Y allí, en un rincón, como yo la recordaba, estaba la mecedora en la que murió una antigua propietaria, una señora  mayor de rasgos amables y a la que nunca escuché pronunciar una palabra.

 Cuando nuestro balón caía en su balcón, antes de que yo llegara a golpear la puerta con la aldaba, ya me la encontraba entreabierta y , con mucho sigilo, yo recogía la pelota de su balcón mientras ella me miraba. Con cierta vanidad ella sonreía y adivinaba mi sorpresa y mi admiración por aquel ingenioso modo de abrir. Una cuerda que recorría un intrincado camino de carruchas que iba desde su mano al pestillo de la puerta y que con un suave tirón me permitía entrar.
  
Un día no se abrió la puerta y no pude recuperar el balón.

Arriba, en el tejado, continuaba el trasiego y se oía ruido de tejas y una conversación que no entendía. Decidí subir. Era una escalera estrecha con escalones de yeso oscurecido con almagra, y con mamperlanes de madera gastados por el uso. Uno de ellos, algo más levantado que los demás, tenía una marca de pintura roja, y de una manera instintiva, evité pisarlo. Dicen que fue el culpable de la segunda muerte, una anciana cuya radio atronaba dia y noche sin que atendiera a ruegos de vecinos ni a requerimientos de la policía municipal. 

 Cierta mañana, al pasar camino del colegio, sentí el silencio en la calle. Por la tarde, la enterraron.

El ajetreo del tejado contínuaba y tampoco llegaba a saber de qué hablaban, aunque parecía ser el tarareo de una canción. Junto a la baranda, ya en la primera planta, estaba uno de los dormitorios. Sabía lo que allí ocurrió, y temeroso, no pasé a su interior. Mis ojos se acostumbraban a la penumbra, y desde la puerta distinguía una cama de barrotes negros y pomos dorados. No tenía colchón y el somier de alambres le daba un toque desangelado e inutil. Un cuadro de una virgen y un cordon de colores era la única decoración de aquella estancia donde vivió durante unos meses aquel  hombre. Le visitaban sus hijos de tarde en tarde y siempre se  se quejaba a los vecinos de los ruidos insoportables de la calle. Nadie entendía qué queria decir con aquello, y menos aún cuando tapió la ventana.

 Un domingo, su hijo lo encontró colgado de un gancho del techo.

Un crujido y un golpe se oyeron en el tejado callando el trasiego y la conversación. O para ser más preciso, cambiaron de lugar. En la calle, un rumor creciente de voces y gente subía hasta mí.  

 Cuarenta años y cuatro muertos después, salí de aquella casa...

martes, 18 de diciembre de 2012

De ombligos...



 Los he visto, redondos, pesimistas, profundos, suaves, horrendos, peludos, superficiales…pero si hago memoria, pocos que hayan dejado huella en mí.

Ante la probable cara de curiosidad que hayas puesto al leer estos adjetivos, te aclaro que me refiero a los ombligos.

Y, sin duda, esa corta relación de aquellos que merecieron mi atención fue debida más, al contexto corporal que rodeaba esa curiosa depresión del vientre, que al interés estético de un lugar que, terminada su labor al inicio de la vida, se resiste a desaparecer.
Pero hay que reconocer su habilidad, pese a su inutilidad, para atraer miradas. Creo que es por ese factor de localización que lo sitúa como punto de paso entre lugares más bulliciosos y cascabeleros.

Pero qué ocurre cuando el que mira es su portador, el que lo sufre, goza o, simplemente, lo ignora porque se conocen desde los primeros instantes de la vida. Pienso que es un modo de abstraerse, de alcanzar un nirvana personal ayudado por la postura, ya que si intentas mirarlo ayudado por un espejo siempre acabas observando cualquier punto menos ese.

Por tanto, sin entrar en clasificaciones personales sobre tan peculiar ubicación, comprendo la normal atracción a mirarnos el ombligo. Debe ser alguna maldición mitológica lo que nos empuja a ser émulos del aquel desdichado Narciso enamorado de su imagen reflejada en la charca y por la que, a veces, terminamos con esos huesecillos del cuello de la familia de la C algo tocados.

Y aunque aún no tengo el remedio definitivo para escapar de semejante condena, reconozco que alivia el fijarse en alguno ajeno. Pero te recomiendo, que ya que hay mucha variedad y cantidad, lo hagas en alguno que no sea demasiado perfecto, porque solo conseguirías cambiar de hechizo.

Si consigues alguno que esté en el punto medio entre la perfección y la mediocridad te permitirá, al igual que si te miraras el tuyo ante un espejo, desviar tu atención hacia lugares limítrofes y poco a poco te habrás curado y disfrutarás de la cantidad y calidad de lugares agradables en los que posar tu mirada.

Una ultima recomendación para esta terapia umbilical, nunca observes un ombligo ajeno demasiado cerca, puede tener contraindicaciones como la de acabar en una embrollada y ajetreada convulsión festiva y bullanguera…

martes, 13 de noviembre de 2012

La estela de azucar...



 La puerta se cerró y se hizo el silencio en la biblioteca, pero duró poco. Un oído fino se daría cuenta que un mínimo rumor de pasos pequeñitos y delicados se extendía, como una marea imparable, hasta ocupar gran parte de la inabarcable estancia.

Originaba aquel suave tropel la valiosa y poco conocida Brigada Nocturna de Ratones de Biblioteca. A sus integrantes les llamaban los Brimba, un acrónimo del que se desconocía su origen, tal vez, pensaban algunos, que procedía de alguna lengua perdida hacía ya miles de generaciones. 
 
Se les reconocía por una insignia en forma de pequeño tejuelo que llevaban colgados del cuello. Los había de diferentes colores y se los transmitían de generación en generación como signo de distinción dentro del linaje ratonil, siendo el de color lila el más valorado, seguido del azul, el verde y el rojo.

Había pocos de color lila y muchos de color rojo, algunos menos de verde, y escaseaban algo más los de azul. Era una especie de jerarquía y conforme ganaban en sabiduría e intuición su color iba cambiando sin saber cómo. Se marchaban con un color y al día siguiente el color del tejuelo había cambiado. 

Era entretenido ver el trasiego de aquella estrategia que se adivinaba bien estudiada, ya que todos sabían donde ir y se distribuían entre los estantes llenos de libros. Miles y miles de libros, algunos de ellos olvidados desde hacía décadas, no habían encontrado una mano humana que les sacudiera el polvo, que los abriera y que los leyera.

Pero los Brimba si los abrían, y los leían. Entre varios empujaban al libro por un lado, mientras otros, en una maniobra miles de veces repetida, sujetaban por donde podían hasta conseguir que se tumbara sobre su lomo obligando a sus tapas a abrirse y mostrar sus páginas.


Comenzaba entonces la tarea con la que todo Brimba soñaba, pasar las páginas, leerlas, airear el libro que, agradecido, les regalaba una suave brisa o un relajante masaje en sus patas. En el tema del masaje no solían coincidir, unos preferían el tacto suave de la letra cursiva, otros alababan la sobriedad de la negrita, pero había también quien decía que la rotundidad de una letra subrayada no tenía parangón.
 
A veces, se oía un sonido algo más alto. Era la voz de una ratoncita de tejuelo lila. Regañaba a algún Brimba novel que osaba recoger unos trozos de miel caramelizada que cuidadosamente dejaba en determinados estantes.

Sabía que, en algún momento de no se sabe qué dia, alguien pasaría a recogerlos . Pero esa es otra historia…

jueves, 15 de abril de 2010

Esquema 2. El tiempo…

      Miraba por la ventana, pasaba horas enteras ante ella y, casi siempre, descubría algún detalle nuevo. Los arboles, empujados por el viento, movían las ramas haciendo que sonaran las hojas. Suspiró y entornó los ojos. Volvió a abrirlos y las ramas estaban desnudas, apenas se movían.

-Martín, deja ya de mirar por la ventana, que manía.

-Cómo si tuviera algo mejor que hacer, contestó a su esposa, con una desgana no falta de ironía mientras con lentitud movía la silla, a la que, con mucha parsimonia, hacía rodar sus ruedas.

Con delicada exactitud conducía una de las ruedas sobre la línea del pavimento. Apenas había dos metros desde la ventana a la mesa, pero parecía una distancia enorme por la irritante lentitud con la que circulaba sobre aquella tenue fisura del suelo.

-Vamos, hombre, no tengo todo el dia para estar aquí.

Él la miró, una sonrisa apenas dibujada y una mirada traviesa en sus ojos aparecieron en su rostro. Le divertía sacarle ese disimulado genio con el que se dirigía a él. Siempre  lo había idolatrado, lo sabía y se aprovechaba de ello. A veces sentía que, en tantos años como llevaban juntos, no había sido capaz de devolverle en la misma medida aquellas atenciones, aquellos cuidados, aquel amor.

-Mamá,…mamá ¿donde estás? 

Una vocecilla jubilosa, entrecortada por el esfuerzo, llegaba acompañada de una sonrisa de oreja a oreja y unos ojos grandes y brillantes por la emoción.

-Me lo han dado, por fin, este año me lo han dado.

Los dos, expectantes y divertidos, se miraban ante aquella explosiva llegada de su hija, y tras los jadeantes gritos, esperaban que llegara la calma y, con ella, la noticia…

martes, 9 de marzo de 2010

Cara y cruz



Cómo hierro que se eleva hasta el infinito,
como los surcos de madera del horizonte,
rueda la espera de tus sueños.

Cómo el deslizar de un adolescente juego

que divide el cielo de tu alma
rueda la calma de mis esperanzas...

sábado, 27 de febrero de 2010

Rota quedó la razón
y en la oscuridad,
desatada y libre, la pasión.
Buscaban con ansiedad,
juntos y a la par,
un motivo para caminar,
unos ojos ciegos...
... y un corazón de cristal.

domingo, 14 de febrero de 2010

Invictus (1.875)

Más allá de la noche que me cubre
negra como el abismo insondable,
doy gracias a los dioses que pudieran existir
por mi alma invicta.

En las azarosas garras de las circunstancias
nunca me he lamentado ni he pestañeado.
Sometido a los golpes del destino
mi cabeza está ensangrentada, pero erguida.

Más allá de este lugar de cólera y lágrimas
donde yace el Horror de la Sombra,
la amenaza de los años
me encuentra, y me encontrará, sin miedo.

No importa cuán estrecho sea el portal,
cuán cargada de castigos la sentencia,
soy el amo de mi destino:
soy el capitán de mi alma.

William Ernest Henley (1849-1.903)

miércoles, 10 de febrero de 2010

Tiempo y Pena

La aguja avanza.
Sin contemplación alcanza, uno tras otro, los minúsculos hitos negros de su camino circular.
Va amontonando sin compasión, una tras otra, vueltas a su eterno trabajo.
Todo es igual, todas se parecen, pero imperceptiblemente algo va cambiando.
Miras al espejo, y no reconoces al que ante ti aparece.
Los hitos negros del tiempo han cambiado de lugar, ahora están sobre ti, pequeños, pero que con una inexorable llamada, tienden sus brazos.
Vuelves a mirar, se han unido unos a otros, las imperceptibles líneas son ahora surcos, surcos de tiempo.
Sientes pena de ti...
Han pasado treinta años.

martes, 12 de enero de 2010

Leemos para saber que no estamos solos...



Es una de las frases que te zarandean con fuerza en Tierras de Penumbra.

Hay más, esa de… el dolor del mañana, es parte de la felicidad de ahora. Ese es el trato... Pero reconozco que cuando me puse a reflexionar sobre esta última me fuí enredando cada vez más, así que cautelosamente me retiré a pensamientos más asequibles.

Aunque ya había visto en alguna ocasión esta pelicula, el ambiente invernal, tarde de frio y nieve, hacía más fácil centrarse en la trama.

El Hopkins, como casi siempre, insuperable. Y la Debra, muy correcta tambien, pero sobre todo hay una escena memorable, aquella en la que Jack (Hopkins) y Douglas, el hijo de Helen (Winger) hablan en el desván sobre la muerte de ella. La emotividad va incrementandose en ambos personajes, con una pequeña lágrima que va surgiendo y que acaba en un desconsolado llanto.

Es una película que hay que ver sin interrupciones, que nada perturbe oir los dialogos, ni distraer de las ideas que las diferentes escenas van desgranando. El profesor en un dialogo directo y exclusivo con su alumno, el miedo que produce en la pareja ante un futuro que se sabe trágico, el niño que dentro de un mundo de adultos quiere disimular los sentimientos como ellos, el cómo las circunstancias de la vida hacen temblar ideas que se consideraban inamovibles…y así , tantas y tantas como vamos asistiendo en el desarrollo de la trama.

Es esta una de esas peliculas que una vez vistas, te incitan a saber más de su contexto. Basada en la vida real de Clive S. Lewis, al que ya conocía por sus Crónicas de Narnia, plasmó su dolor por la pérdida de su esposa Joy o Helen, ya que usaba ambos nombres, en una obra , Pena en observación, que sirvió de base para el guión de la pelicula.

jueves, 31 de diciembre de 2009

Fin de año...Blue Moon y Año Nuevo.



Se acaba el año 2009. Como todos los anteriores lo recordaremos con mayor o menor alegría dependiendo de como nos haya ido. El 2009 se despide con una anécdota curiosa llamada Blue Moon. Luna azul. Seguro que habrás leido o escuchado algo por ahí. Y se llama así cuando en el mismo mes se produce dos veces una luna llena.

Si ese fenómeno es relativamente frecuente, no lo es tanto que coincida con la despedida de año. La ultima vez que ocurrió fue en 1.990, y no volverá a repetirse hasta el 2.028.

Es un tema que ha inspirado bastante en el mundo de la música, ya sabeis que la Luna ha sido un tema muy usado en canciones desde los Pink Floid, Rolling Stones, Police, hasta nuestros Mecano o Estopa.

Pero me sigo quedando con Audrey Hepburn y su "Moon River", aunque la versión de Frank Sinatra es tambien magnifica.

Hoy, y volviendo a nuestra Luna Azul del dia, os dejo ese vídeo de Diana Shaw...

Como del 2.010 tendremos tiempo de hablar de él...

¡¡¡ Que tengais una buena despedida de año ¡¡¡

sábado, 5 de diciembre de 2009

¿... Y no te da ná...?

Allí estaba él, sentado en una silla de anea con cojín y junto a una mesa camilla que hacía de escritorio. La tenía llena de papeles de nóminas y de recibos por pagar, una gran maquina calculadora y unos cuantos boligrafos desperdigados. Estaba sentado, pero quién dominaba la situación era él. Él era quien tenía mi solicitud en sus manos, y él era quien preguntaba.

- ¿Y no te da ná?

Y allí estaba yo, de pie. Casi avergonzado por atreverme a presentar aquel papel que me podía dar una posibilidad de trabajo. Con ventiún años, y recién llegado de un exilio involuntario, no podía perder el tiempo. La norma era que despues de volver, había que trabajar. Y eso buscaba, trabajo.
Unas semanas antes, una llamada telefónica me había avisado de esa posibilidad. Así que allí estaba yo. El preguntaba y yo contestaba. No había agresividad por su parte, sino incredulidad. Durante años habíamos sido compañeros de instituto y de universidad, y no daba crédito a mi pretensión.

- ¿ Para que tanto estudiar? ¿ Para pedir esto?

Hoy, cuando falta poco para que se cumplan treinta años de aquello, tambien tengo mi sillón, mi mesa, más grande que aquella, mi ordenador y mis bolígrafos.

Hoy, mientras firmaba aquel papel, mientras oía el sonido de la cámara, mientras hablaban de mí, fugazmente pasó por mi cabeza aquella escena...

...¿ Y no te da ná?

miércoles, 11 de noviembre de 2009

Mijas, la del temprano cierre

Aún están, con pocos cambios, aquellas curvas cerradas de una carretera estrecha, a la que defendían con precariedad unos pretiles de piedra. Desde la ventana del camión, miraba con aprensión los profundos barrancos que nos acompañaban. No recuerdo, o quizás nunca llegué a saber los motivos de aquellos viajes atravesando la sierra.

Recuerdo, eso sí, aunque con la neblina que el tiempo va dejando caer sobre lo que pasó hace mucho tiempo, las prisas, el agitar de brazos acompañado del bullerío, (no busques esta palabra que la Real Academia aún no la tiene aceptada) por conseguir que el camión estuviera listo para hacer el camino de vuelta. Y de nuevo, las curvas cerradas y los barrancos que me asustaban...

Han pasado muchos, pero que muchos años. Ahora soy yo quien conduce, ya no es aquel destartalado camión que en cada bache crujía, y al que, a veces, se le abría la puerta en alguno de aquellos zarandeos. Contínuan las curvas y los barrancos, pero los baches casi han desaparecido.

Sigue ese color blanco que recordaba en las casas, pero ya es otro bullir el que se oye. Oigo muchas frases en idiomas que desconozco, grupos de personas con ropas que me dicen que no son de aquí. Muchos carteles de bares, hoteles y tiendas de recuerdos. Pero sobre todo, hay algo que me ha desconcertado. Cuando la tarde se va, llega el silencio. El cierre de locales, se acompasa a la caida del sol. Y esa vivaracha Mijas de mis recuerdos, comienza a languidecer. Volveré en una época en la que el sol esté mas tiempo sobre nuestras cabezas. Es noviembre ahora.

Quiero volver a oir ese bullanguero sonido de sus calles...

lunes, 12 de octubre de 2009

¿ Dónde estará mi botella...?




Hace años, pero no demasiados, cuando esto de escribir en la red comenzaba a despuntar, lancé al rio Blog una botella. Recuerdo su vivo color verde, su estilizado cuello bordelés inclinándose hacia un lado y otro entre las ondulaciones del agua.
Mi botella no tenía mensaje en su interior. No lo necesitaba. El mensaje era ella misma en sus permanentes dudas en la ruta a seguir.

Comenzó lentamente a desplazarse sobre aquella superficie ondulada. Al principio, renqueante y tropezando contra la orilla, pero, poco a poco, fue ganando experiencia con la corriente y , a veces, hasta se permitía incluso el lujo de gritarle a la ribera con un rápido destello de su pulida superficie. Quizás ese exceso de confianza la hizo naufragar.

Ahora, cuando la casualidad me hizo recordar que una vez lancé una botella al agua, me he puesto a buscarla. Muchas botellas he encontrado en ese mar donde el rio Blog desemboca, pero entre ellas, no estaba la mía.

Quizás repose en el fondo de algún remanso que, de tranquilo, no supo salvar. O, tal vez, terminó su singladura en pedazos, y rota, contra una roca altiva que no le perdonó su desfachatez.

Aún recuerdo algunas de sus peripecias. Me las mandaba casi siempre por los medios más extraños, así que intentaré rememorarlas mientras veo pasar las nubes frente a mi ventana.

lunes, 24 de noviembre de 2008

...mi gato

Este lluvia es muy incomóda, dura ya muchos dias, y el tejado se vuelve muy resbaladizo.
Cuando llega después de un periodo de sequía, viene bién porque se caza más facil.
Los gorriones desconcertados, ante las primeras gotas que les impiden quedarse en los arboles, se meten en cualquier sitio, y yo que lo sé, me parapeto junto a los aleros para observar en los huecos donde se meten.
Ahora, despues de tantos dias de lluvia, se vuelven más cautelosos, y se refugian en sitios muy dificiles de llegar.
Aún me duele el golpe que me dí contra el tejado de la iglesia el dia que se me ocurrió cazarlos en el campanario.
Si después de un rato de espera, no consigo algún incauto, me daré una vuelta por los patios, quizás huela algún despojo en las bolsas de basura, o mejor aún, si un golpe de suerte hace que alguien haya dejado abierta la ventana de la cocina...

jueves, 10 de mayo de 2007

Tiempo y Angustia



Tic, un paso adelante...

Duda y momentáneamente quiere volver atrás, tac.

Deseas que llegue pronto a la cima de ese redondo paseo, para que el descenso sea rápido, y culmine otro ciclo.

Tic, desesperas.

El ritmo sigue igual, la gravedad no le afecta, tac.

Le observas fijamente, pero tu mirada no le pone nervioso, su marcial paso sigue inalterable.

Tic, caminas sin sentido, tac, tu corazón empuja, tic, el se entretiene, tac.

El cadencioso sonido aviva la angustia de la espera.