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lunes, 4 de febrero de 2013

Piruetas de colores...


Le había costado pero, al final, lo consiguió. Es un poco complicado meterse en una burbuja, inténtalo si quieres, pero si además, deseas remontar el vuelo con tu peso, entonces  requiere sumarle una habilidad especial. Pero él sabía cómo hacerlo.

Durante días había preparado con inusitado mimo y detalle unas notas sobre aquella tímida constelación.  Desde hacía meses le tenía obsesionado y la observaba con cierto aire de resignación allá en lo alto,  situada en una esquina del segundo cuadrante. Y esperó, y esperó hasta el momento en que se suponía iba a poder verla en las mejores condiciones. La impaciencia le corroía mientras ascendía lentamente en aquella frágil pompa, pero aquella mancha blanca y redonda que le embelesaba durante tantas noches, en esta ocasión se resistía a desaparecer bajo la oscura línea del horizonte. Y es que esa noche le estorbaba para observar “su” constelación.

Por fin la noche ganó la partida. Terminaba, ensimismado, de echar el último vistazo al orden en que tenía que hacer todas las tareas cuando un silbido fue ganando intensidad. Extrañado por aquel raro sonido miró por si la Luna había vuelto sobre sus pasos. Pero no, no era la Luna.  Con un estruendo explosivo, la burbuja estalló y algo se metió por su manga pero en lugar de caer, le arrastraba, y subía, y subía...

La explosión multicolor le obligó a cerrar los ojos por unos instantes. Sus bigotes se volvieron azules, las manos rojas, el tejuelo azul se tornó durante un momento de un color anaranjado y sus papeles quedaron flotando en el aire.

Intentaba poner en orden sus ideas, su cerebro acostumbrado a analizarlo todo, tomaba un ritmo febril buscando una causa cuando el ascenso se convirtió en una caída sin freno. El descenso fue abortado bruscamente por no sabía qué fuerza que lo empujaba de nuevo hacía arriba, luego para abajo y, sin respeto por las leyes de la gravedad, lo llevaba ahora en una trayectoria horizontal.

En ese extraño zarandeo comenzó a tomar las riendas de su pensamiento, o tal vez esas extrañas y ocultas normas de supervivencia acudieron en su ayuda, y consiguió ver la causa de tan extraña situación. Aquel extraño objeto, enganchado a un eslabón de su tejuelo azul, era el causante. Desprendía un sibilante sonido y, en su interior, un corazón rojizo lo impulsaba ayudado de una flaca varilla que le hacía de timón.

Lo atrapó, se agarró con fuerza a él  y se repitió la historia. Ahora sus bigotes era rosados, mientras que el tejuelo formaba tonalidades metálicas y sus manos desprendían un raro color verde que las hacía parecer de pistacho. Y caía, otra vez caía. Pero algo había cambiado y una sonrisa socarrona que tanto despistaba a los suyos apareció en su rostro. Estaba comprendiendo de qué iba aquello.

Mientras descendía vio subir otro flacucho silbador y consiguió agarrarse a él. Cuando estalló formó un espectacular paraguas mientras oía a lo lejos un rumor creciente y continuado como una ola de oes. Se sintió protagonista y olvidó la tímida constelación del segundo cuadrante. Saltaba de un flacucho a otro, distinguiendo los efectos de cada uno. Este subía en espiral, aquél, al estallar, era un gran aro en el que se podía sentar, este otro formaba una gran bola de miles de colores. Su favorito era el azul cobalto y aprendió a diferenciarlo y a tomarlo en su trayectoria.

No se había divertido tanto desde aquella tarde en la que, junto a una becaria de insinuante tejuelo rojo, fabricó un tobogán con los volúmenes del Espasa. Sin saber muy bien cómo, acabaron entre las páginas del volumen TOUN -TRAZ, del que aún guarda un emotivo recuerdo.

Estaba en ese trajín de recuerdos y saltos entre flacuchos y sus colores explosionados, cuando un brusca sacudida atrapó su atención y cortó su particular baile pirotécnico .

-¿Esta era la tímida constelación del segundo cuadrante que requería tanta atención? Mañana pasa por mi despacho.

Quién así hablaba era una Brimba de tejuelo lila. Adornaba su indumentaria con unos extraños y punzantes aderezos. La vio alejarse  a lomos de un extraño artefacto  que manejaba con destreza, lo que añadió intriga a la situación, mientras su corazón quedaba encogido.

Pero lo que no vió el Brimba de tejuelo azul era la sonrisa que ella esbozó mientras en su bolsillo apretaba un tejuelo rojo con el que solía disfrazarse a veces para pasar desapercibida.

Pero lo que pasó al dia siguiente, en el despacho de aquella Brimba de tejuelo lila y que a veces se disfrazaba de becaria de tejuelo rojo...eso...eso será otra historia…

martes, 13 de noviembre de 2012

La estela de azucar...



 La puerta se cerró y se hizo el silencio en la biblioteca, pero duró poco. Un oído fino se daría cuenta que un mínimo rumor de pasos pequeñitos y delicados se extendía, como una marea imparable, hasta ocupar gran parte de la inabarcable estancia.

Originaba aquel suave tropel la valiosa y poco conocida Brigada Nocturna de Ratones de Biblioteca. A sus integrantes les llamaban los Brimba, un acrónimo del que se desconocía su origen, tal vez, pensaban algunos, que procedía de alguna lengua perdida hacía ya miles de generaciones. 
 
Se les reconocía por una insignia en forma de pequeño tejuelo que llevaban colgados del cuello. Los había de diferentes colores y se los transmitían de generación en generación como signo de distinción dentro del linaje ratonil, siendo el de color lila el más valorado, seguido del azul, el verde y el rojo.

Había pocos de color lila y muchos de color rojo, algunos menos de verde, y escaseaban algo más los de azul. Era una especie de jerarquía y conforme ganaban en sabiduría e intuición su color iba cambiando sin saber cómo. Se marchaban con un color y al día siguiente el color del tejuelo había cambiado. 

Era entretenido ver el trasiego de aquella estrategia que se adivinaba bien estudiada, ya que todos sabían donde ir y se distribuían entre los estantes llenos de libros. Miles y miles de libros, algunos de ellos olvidados desde hacía décadas, no habían encontrado una mano humana que les sacudiera el polvo, que los abriera y que los leyera.

Pero los Brimba si los abrían, y los leían. Entre varios empujaban al libro por un lado, mientras otros, en una maniobra miles de veces repetida, sujetaban por donde podían hasta conseguir que se tumbara sobre su lomo obligando a sus tapas a abrirse y mostrar sus páginas.


Comenzaba entonces la tarea con la que todo Brimba soñaba, pasar las páginas, leerlas, airear el libro que, agradecido, les regalaba una suave brisa o un relajante masaje en sus patas. En el tema del masaje no solían coincidir, unos preferían el tacto suave de la letra cursiva, otros alababan la sobriedad de la negrita, pero había también quien decía que la rotundidad de una letra subrayada no tenía parangón.
 
A veces, se oía un sonido algo más alto. Era la voz de una ratoncita de tejuelo lila. Regañaba a algún Brimba novel que osaba recoger unos trozos de miel caramelizada que cuidadosamente dejaba en determinados estantes.

Sabía que, en algún momento de no se sabe qué dia, alguien pasaría a recogerlos . Pero esa es otra historia…